Soledad


La palabra tiene un significado negativo a simple vista. Solemos relacionarla con sentimientos de abandono y de tristeza. Se nos enseña que no podemos estar solos, que necesitamos compañía, que somos seres sociables por naturaleza. Se le teme a la soledad como a un ente que te agobia en las noches, y atemoriza la idea de envejecer solos, sin compañía.

Atendemos esos consejos, y nos tornamos más receptivos hacia la compañía del otro. Formamos grupos, creamos lazos, compartimos espacios, contamos cosas y escuchamos otras. En ese nuevo escenario con pretendidos nuevos amigos nos sentimos parte de un grupo. Creemos haber encontrado nuestra manada. Y un sentimiento de seguridad toma fuerza con el paso de los días, e imaginamos que en nuestra nueva familia estaremos a salvo de los amargos sabores del mundo.
Y eventualmente nos equivocamos.
En ocasiones el papel oscuro de la naturaleza de los seres humanos sale a relucir al interior de ese grupo tal cual existe en el exterior. Y con algún agravante aunado por la confianza que brindaste al aceptar ser parte de esa incipiente familia, tal naturaleza te deja entrever de nuevo sus sinsabores.
Sin embargo, de aquel grupo alguno de sus integrantes llega a afectar positivamente tu camino, y es aquel ser que sin pretensión alguna te ofrece su mano, o te escucha, o te brinda su simple y desinteresada compañía.
La soledad elegida ha impedido en mí el formar parte de pretendidas comunidades. Me ha permitido avanzar hacia el aún inconcluso encuentro con la anhelada paz interior. En la soledad he encontrado el gusto por los placeres simples, por el descanso, por la reflexión, por el cultivo del cuerpo, por la lectura, por el aprendizaje, por el desarrollo de nuevas habilidades.
Mi apreciada soledad me ha mantenido, ahora que lo veo, al margen de efectos negativos de la tal vez sobrevalorada compañía humana. Me ha conducido hacia un fortalecimiento interno que a su vez me permite, a mi modo de ver, lograr una relación rica y armoniosa con aquellos a quienes deseo conservar como actores de mi propia novela. Me ha permitido crear un espacio cómodo, alegre a su manera, el que acoge con gusto a quienes ven en él, las luces cálidas y acogedoras que iluminan a las amistades verdaderas.
La soledad es mi aliada, es mi amiga, es un espacio que atesoro y que me aporta elementos inexistentes en espacios externos. Es parte importante y gratificante de la vida que he elegido.

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