Sombrero de Plumas

Los días previos a la cita transcurrieron entre los afanes del trabajo, el nerviosismo por la cercanía del hecho, la compra de elementos necesarios para la imagen exterior deseada, y la planificación de la estrategia para llevar a cabo este paso.

¿Cómo me vestiría? ¿Usaría parte de mi vestuario, o compraría algo nuevo? En caso de decidirme por algo nuevo, ¿cómo lo acompañaría? ¿Usaría botas, o zapatos? ¿Vestido, o pantalón? ¿Iría en mi auto, o pediría un taxi?

Tantas cosas por resolver para un asunto tan sencillo como ir a una cita con mi psicóloga en el rol femenino, me hicieron pensar mucho acerca de lo lejos que estoy aún de desempeñarme completamente en este rol. Es decir, tuve que prepararme con días de antelación, pedir permiso en el trabajo, tomarme unas tres horas en casa para lograr la imagen deseada y armarme con la tonelada de valor que se requeriría para salir al mundo real, a una hora normal, a un sitio habitual, como una mujer normal.

No obstante todo lo anterior, me di a la tarea. Salí de mi oficina a eso de la 1 pm, comí algo ligero y me dirigí al barrio en el que vivo. Pasé por el salón de belleza para arreglarme las uñas, ya que quería tenerlas pintadas para mi salida. Sobra decir que tanto la encargada del manicure, como las demás empleadas del sitio, no sólo se preguntaban la razón por la cual este muchacho se hacía pintar las uñas de color, sino que sus ocasionales risas y miradas se vieron recompensadas con cierta indiferencia y sonrisa complaciente de mi parte. Creo que en este punto he vencido algunos miedos que implican el estar en este limbo que representa el vivir los dos géneros. Hace un par de años me hubiera espantado el hecho de evidenciar de alguna manera mi condición. Ahora, simplemente me divierte llevar a cabo algunas actividades que a las personas pueden parecerles un poco fuera de lo común, por decir lo menos.

Al salir del salón de belleza con mis uñas muy arregladas, un montón de miradas escrutadoras y un aire que dejaba entrever un "me importa muy poco", me dirigí a casa para descansar un rato antes de la cita.

Habiendo tomado un reconfortante café y una necesaria ducha, me dispuse a dedicarme a mi arreglo personal. La ropa elegida, aunque de mi gusto, aún no me convencía del todo. La combiné con varios pares de zapatos y botas buscando encontrar la combinación adecuada. Me preocupaba un poco el hecho de que no había salido al mundo exterior con esta ropa, con tacones de cierta altura, y no sabía exactamente cuanto debía caminar hasta el consultorio de mi Doctora. Finalmente encontré el punto de equilibrio entre estética y comodidad. Uno de los temas importantes era el del cabello. Aunque el mío ha crecido un poco, aún no estaba segura de utilizarlo al estilo femenino. Sin embargo me molestaba pensar en usar cabello artificial. Esto representa cierta incomodidad, algo de calor extra, lucha para que se quede en su sitio, y dudas en cuanto a su aspecto y naturalidad.

El punto que alcancé me dejó satisfecha. Incluso me incliné fuertemente por llevar mi cabello, el cual alisé y arreglé para que se viera lo suficientemente femenino. Me miré en el espejo, y pensé en que había logrado la imagen deseada. Me dije a mí misma, "esto es, así debes estar".

Ya entrados en gastos, no había vuelta atrás. El itinerario para dejar mi departamento y salir en el auto incluiría seguramente encontrar en el camino a vecinos y conocidos para quienes yo era una desconocida. Sin embargo ya en este punto, cansada de la carga que implica vivir en la sombra y ejercer un rol social no deseado, decidí salir y enfrentar las cosas. Por fortuna (o infortunio) no encontré en mi camino a alguno de mis conocidos. No obstante el recelo frente a hacer pública mi condición, siempre he estado rogando para que pase algo que evidencie lo que soy realmente. Algo que vaya más allá de la cobardía que ha llegado a ser una carga a lo largo de todos estos años.

Conducir camino a mi destino fue una experiencia atemorizante y extraña para mí, y sin embargo increíblemente agradable. Creo que la combinación del temor, con la alegría que implica sentirte viva como mujer a los ojos de los demás, crea una mezcla que hace que aquellas actividades cotidianas tengan un nuevo color, y un bonito y agradable sabor. Ver y sentir que el espacio que ocupas a diario como un ser específico y tristemente masculino, es ahora ocupado por aquel ser femenino al que has apostado todos tus esfuerzos, tus recursos, ¡tu vida!, te trae consigo un momento de paz y de emoción que por momentos no puedes creer. Dejan de tener sentido aquellas minucias que nos preocupan tanto durante el proceso de tránsito, y al mismo tiempo otras cobran una importancia infinita al conformar uno a uno, esa identidad que has buscado por años.

El vestuario, tu conformación física, tus maneras, tu maquillaje, tu voz, son solamente accesorios que ahora ves como tales. Como pequeños elementos que rodean a lo que realmente importa: tu identidad, tu ser. Si trabajaste en ellos de manera importante sin dejar que sean lo que más importa, ellos te recompensarán haciendo por ti lo mejor que pueden, al brindarte esa feminidad anhelada.

Uno de los primeros detalles satisfactorios es el inicio de la pasiva interactividad con los demás. Es decir, el vivir pequeñas cosas como detener tu auto en una esquina y ser parte del paisaje, o negarte a que el muchacho limpie el vidrio del auto, rechazar o aceptar las ofertas de vendedores que luchan por ganar un poco de dinero, o maldecir al conductor que te cerró el paso, y un montón de pequeñas cosas que conforman la cotidianeidad de la vida de la ciudad.
 
Llegando al sitio de estacionamiento, la adrenalina logra que se haga aún más consiente el momento por el cual atraviesas. Hice varios recorridos por el estacionamiento buscando un lugar conveniente para detenerme. En realidad lo que buscaba era un sitio apartado con la esperanza de que hubiera la menor cantidad de personas posible. Búsqueda infructuosa. Detengo y parqueo el auto, y tomo un hondo respiro en vista de lo que viene. Abandonar la seguridad del automóvil requirió de varios minutos de meditación. Ayudaron entre otros, el recuerdo de las clases de Yoga, la proximidad de la cita con mi Doctora, y lo poco que quedaba de la tonelada de valor que tomé en casa.

Tomo aire, y salgo del auto. No sé qué extraña fuerza logra que a pesar de todos los temores y reservas, en momentos como este surja un impulso y una decisión que te hace seguir adelante. Esa fuerza hace que te apropies de la situación. Simplemente haces un “click” con el que se activa todo tu ser femenino, y toda tu energía se enfoca hacia proyectar ese ser hacia tu exterior. Pareciera que esa identidad que ha estado oculta por años se libera, y toma ahora lo que es suyo, lo que le corresponde.
La búsqueda de aquel sitio apartado en el estacionamiento tuvo un efecto que no contemplaba: me alejé demasiado del lugar de la cita, con lo cual tendría que caminar más de lo esperado. Así que con el ánimo renovado, me dispuse a caminar hasta el sitio de encuentro.

La gente y su reacción. Es uno de los grandes temores que me aquejan siempre. ¿Por qué vivir o no vivir tu vida, por qué lanzarte o no hacerlo, por qué hacer o dejar de hacer tus cosas dependiendo de lo que piensen o hagan los demás? Si son personas que no conoces, que no forman parte de tu vida. ¿Por qué habría de importarte? No lo sé, creo que el hecho de ser animales sociales como somos, (algunos más animales que otros) implica una fuerte necesidad de aceptación y reconocimiento por parte de los demás. Sin embargo es uno de los temas que creo que en este punto, he superado de alguna manera. Es decir, en vista de la situación, estaba simplemente dispuesta a enfrentar lo que viniera, de quien fuera. Siendo sincera esperaba miradas, rechazo, discriminación.

Para sorpresa, alegría y satisfacción mías… ¡no hubo nada de eso! Caminé durante un buen rato entre la gente, crucé varias calles, esperé en varios cruces, y simplemente fui una más de todas aquellas personas que se movían a esa hora en este concurrido sector de la ciudad. Me encontré cara a cara con todo tipo de personas quienes no tuvieron absolutamente ninguna reacción. Pasaba entre ellas… ¡como una mujer más! Varias cuadras después de caminar y haberlo notado, no podía estar más feliz. Creo que en este punto agradecí lo que el tratamiento hormonal y todos aquellos pequeños detalles, han hecho por esta pobre que por primera vez se enfrentaba al mundo. Di gracias a la vida por ese momento.

En el pasado escuché que algunos médicos exigían a sus pacientes transexuales el adoptar el rol en el género deseado antes de autorizar cualquier tratamiento con medicamentos, o cirugías estéticas. Muchas personas transexuales están de hecho e implícitamente de acuerdo con ello al esgrimir el argumento de que no debe importarte lo que digan los demás. Al opinar que simplemente debes lanzarte a la calle desde el momento en que sientes la necesidad de ello, y hacerte la de oídos sordos ante posibles (o más bien seguras) reacciones negativas de la gente hacía ti. Al iniciar mi proceso tuve claro que no quería esto para mí. Sabía que pasaría un tiempo considerable antes de que me decidiera a mostrarme como soy. Sabía que la decisión de lanzarme al mundo dependería de mis cambios físicos y de los resultados de ese proceso de aprendizaje y de prueba/error. Ver en este momento que podría eventualmente desenvolverme como una mujer en un ambiente cotidiano me hace pensar que esta manera de hacer las cosas es válida, si es que, como a mí, te importa el tipo de interacción que tendrás con tu entorno.

La llegada al lugar de mi cita impuso un poco de stress, pues debía interactuar directamente con la encargada de la recepción del sitio. Ese evento, el de conversar frente a frente con otra persona que no conoces es algo que te deja algunos aportes y conclusiones. Después de presentarme y explicar el motivo de mi visita, fue claro para mí que a pesar de mi paso triunfal por la zona pública, esta entidad femenina aún crea algunas pequeñas dudas en los demás. Es decir, que a pesar de que de fondo tal vez vean a una mujer, hay pequeños elementos que llaman la atención y que, si bien no desvirtúan del todo el conjunto, provocan pequeños clicks en la percepción de alguien más hacia ti.
¿Qué más da? ¡Lo había logrado! El siguiente paso era presentarme ante mi psicóloga por primera vez como mujer, lo cual para mí era un poco más fácil pues se trata de alguien que sabe de mí, del camino que he recorrido, de lo que deseo lograr.

Comentarios

  1. Qué linda experiencia. Enfrentarte a ti misma frente al espejo y sentir que es la forma como mejor te sientes es un gran paso. ¡Felicitaciones!

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    1. Gracias por leerme, ya iré compartiendo cositas por aquí. Un abrazo!

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