¿Le cuido el carro, reina?
Fue la bienvenida del muchacho que se ofreció para cuidar el auto cerca al lugar de votaciones, el domingo pasado.
Curioso. No pretendía pasar por “reina” ese día. Ni siquiera por princesa, caray. La sudadera ancha, las zapatillas, el cabello recogido, la ausencia total de maquillaje y de “comportamiento”, conformaban el atuendo que no buscaba en absoluto un reconocimiento hacia aquel ser femenino como en otras ocasiones.
Claro, ante el otorgamiento por parte de aquel chico, del título como primera dama de algún reino inexistente, me vi en la necesidad de cambiar mi actitud para estar un poco más de acuerdo con el paisaje. Así que afinando la voz le di las gracias, y le comenté que volvería pronto tras cumplir con mi deber ciudadano.
Comprobé que mi número de identificación estuviera incluido en la lista de votantes, y tras ubicar el número de mesa correspondiente, me dispuse a hacer la fila para ingresar al recinto. Pasando el umbral de aquel espacio, noté en la agente de policía un cierto tono de duda al explicarnos a mí y a quien se encontraba detrás en la fila, el sistema de ingreso: “Mujeres por aquí, y... hombres… por… aquí…” mientras su mirada intentaba descifrar cuál de las dos opciones era la adecuada para este personaje de sudadera negra.
Sin pensarlo, ya que asistía a este evento con mis documentos legales, tomé un lugar en la fila de los hombres. El oficial que me tocó en turno, antes de realizar la requisa buscó con la mirada a la agente que me había dado las indicaciones acerca de la distribución de las filas. Tal vez sólo al ver que yo adoptaba la actitud para ser requisada, se decidió a realizar su labor. A su vez, las personas que manejaban el puesto de votación dirigieron sus miradas hacia este personaje una y otra vez, intentando descifrar su naturaleza. Sólo les quedó claro el asunto al leer el nombre legal en los documentos.
Repito: curioso. Y más curioso es que en ocasiones estando exactamente en el otro extremo de mi ambivalencia de género, pretendiendo ser tratada como reina de alguna cosa, ocasionalmente me llamen “señor”.
Una gran amiga anotaba que no siempre debemos o necesitamos estar muy arregladas para ir por la vida como una mujer más. Al parecer en ocasiones, el arreglarnos y ponernos muy “bonitas” implica algo así como ponernos el letrero de “soy transgénero”, el cual es traducido por el común de la gente como “allá va un travesti”, y de allí en adelante ya conocemos la historia.
Como lo veo, es parte de este camino encontrar ese punto de equilibrio. Un punto en el que te sientas cómoda, en el que puedas eventualmente disfrutar de tus atributos, y en el que puedas andar tranquilamente por el mundo sin recibir las molestas miradas y críticas de la gente. Esto claro, si es que te importa la percepción de la gente. De otra manera, que cada quien juzgue y se quede con lo que prefiera.
Claro, existe la opción de llevar siempre la sudadera negra.
En fin, terminé la diligencia de votación y me dirigí al auto. Como antes, el muchacho del parqueadero insistió en su trato, aunque esta vez me cambió el rango después de recibir la propina.
“Que le vaya bien, princesa”.
Angie
Excelente amiga. Y es verdad. Se necesita un punto de equilibrio. Muchas gracias.
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