Angel
La escasa luz de los deteriorados faroles de aquel callejón
apenas reflejaba su sombra en la pared. Aún en las líneas de su silueta se
notaba el cansancio a cuestas y la poca esperanza. Dos de la madrugada. El frío
y la falta de alimento hacían que sus movimientos fueran ya torpes. Sus
desgarradas ropas no ayudaban en lo más mínimo a cubrir su piel. No sabía
cuánto tiempo le tomaría llegar a casa, o a lo que ella llamaba de esa
manera.
En realidad nunca tuvo una. Su memoria registraba sus primeros pasos en el orfanato en donde sus compañeros sólo manifestaban burlas sobre cualquier cosa que hiciera, al hacerlas a su manera, según su sentir. Sus
impuestas mentoras manifestaban su poca comprensión utilizando la fuerza y la
opresión hacia un ser diferente. Diferente para los demás. Para ella, era
simplemente ella, como siempre se concibió. Frágil, sensible, delicada, aunque
fuerte y decidida. Dueña de una determinación que le costó días y hasta semanas
enteras en castigo. Durante esas largas horas, encerrada en su cuarto se
alejaba de la realidad que la rodeaba y en la cual no era comprendida. Tal vez tuvo
algo de afortunado ese tiempo de soledad impuesto, pues le permitió soñar. Y
sus sueños la llevaban a una ciudad mágica, iluminada, en la que sería libre
para expresarse, para sacar a flote aquello que reprimían las monjas sin saber
ella el motivo. En aquella romántica ciudad sería ella, una chica hermosa y
activa cumpliendo uno a uno sus sueños. El más grande, tal vez fuese aquel que
a su vez les permitiría a otros cumplir con los suyos.Difícil era para ella pensar en tener una casa. Al salir del orfanato a sus 16 años cansada del desprecio de sus compañeros y de la tiranía de las religiosas, se vio obligada a sufrir largas y frías noches en la calle, sin más compañía que el fuego mal hecho por algún otro habitante de la calle al que al mismo tiempo debía vigilar para proteger los pocos trapos que la acompañaban. No sólo sus trapos. Su integridad siempre estuvo expuesta en ese escenario.
En especial aquella noche.
¿Cómo no rendirse ante el cansancio luego de atravesar la ciudad en busca de una oportunidad para ganarse unos billetes? ¿Cómo no caer rendida luego de arrastrar sus pocos kilos de peso hasta el sitio en el que se sentía a pesar de todo, segura?
Pero no lo estaba. Días antes de aquella maldita noche había logrado entrar en aquel sector gracias a las influencias de Rob. Él tenía más tiempo que ella de estar en la calle y conocía bien cómo funcionaba aquel mundo. A su lado aprendió en cuales sectores podría sentirse relativamente segura, en dónde podría conseguir algo de trabajo, en dónde podría sustraer alimentos que compartirían dada la escasez, en qué tipo de personas podría confiar. Aquel muchacho un par de años mayor que ella, delgado y curtido por horas y horas de exposición al sol, con cicatrices en su rostro y en su alma, le enseñaría a moverse en el mundo de la calle. A protegerse en lo oscuro de la noche. A sobrevivir. Vestía con el decoro que apenas le permitía su condición, unos pantalones grises y una remera que apenas si conservaba algo de su color blanco. Botas militares quien sabe obtenidas de dónde o de quién, sabe Dios si con o sin permiso. Un abrigo negro considerado un lujo a pesar de lo avejentado, con marcas que dejaban entrever rebelión y a la vez comunión con espíritus y seres etéreos. Su cabello largo y sorprendentemente cuidado en ese difícil entorno suponía un inesperado esmero por su propia persona. Contrastaba con esto su rostro duro y de pocas sonrisas. De hecho ella no recordaba haberle visto alguna. Una cicatriz del lado izquierdo de su cara recordaba alguna batalla ganada. O perdida. Daba igual. Era un guerrero.
¿Cómo saber que Rob no llegaría en esa desafortunada noche para protegerla? Eran las 10:24 pm. Él solía llegar aproximadamente a esa hora con algo de alimento para compartir con ella y un par de chicos más jóvenes. Lo veían como a una especie de protector pues les había salvado el pellejo en un par de ocasiones. Aunque era duro con ellos lo admiraban y apreciaban. A esa hora los dos chicos menores compartían la colilla de un cigarrillo tal vez en un afán por espantar el hambre. Ella esperaba paciente. Cuando fueron las 11 pm atravesó el callejón y fue a dar a la esquina. Esperaba verlo acercarse con sus 1.88 metros de estatura que hacía que se notara a lo lejos. Al no verlo regresó junto a los chicos quienes a pesar del hambre y el frío, tal vez sedados por el cansancio se rendían poco a poco hacia el descanso de sus cuerpos. El de sus almas aún debería esperar.
Hizo aquella ronda varias veces sin resultado alguno, y en
la última en que su cuerpo le permitió seguir en pié percibió sobre su hombro
izquierdo la llegada al callejón de aquel ser sin rostro. Parecía que la noche
era su cómplice al ocultar sus facciones entre sombras. Su vestuario hacía
suponer un uniforme, tal vez el de un agente policial o militar. No importaría
la diferencia, sería indistintamente de la misma calaña. Sólo se percibía su
mirada hiriente a través de las sombras que lo ocultaban y de su cuidada gorra
con insignia oficial.Intentó ignorarlo o al menos dar la impresión de que lo hacía. Estaba acostumbrada a ver este tipo de personajes en el vecindario, más siempre la inquietaba su presencia. Apresuró el paso en un afán por llegar al rincón en que precariamente dormían los niños. Pensó en Rob. Porqué no estaba con ellos? La cuadra estaba solitaria, salpicada apenas por unas pocas y casi extintas llamas aprovechadas por otros grupos de seres sin hogar unas horas antes. Un par de ellos aún deambulaban por la calle como espíritus en pena. Los chicos descansaban en medio de un sueño poco profundo, casi vigilante pues dormir en la calle así lo exige.
Los alertó. Mas la falta de sueño y de alimento los hacía débiles y faltos de una respuesta acorde con la situación. Quería ella sacarlos de allí pero aquellos niños no atinaban a percibir el riesgo que corrían. Estos personajes uniformados que visitaban el callejón sin previo aviso actuaban a su antojo y sin restricciones a su fuerza. Ella lo sabía.
Como pudo, con la poca fuerza que le permitían sus delgados brazos levantó y empujó a los chicos hacia la salida del callejón. Al doblar el recodo los infantes pasaron sin darse cuenta por sendos costados de aquel ser sin rostro quien permaneció inmóvil. Quedó ella en frente de él. Su mirada fija en ella le heló la sangre. Los pequeños, caminando hacia atrás torpemente víctimas de su miedo, abandonaban la escena en una búsqueda de seguridad de sus pobres vidas. Uno de ellos se topó con el muro, quedando su espalda apoyada en él y su mirada aterrada y fija en aquel demonio. Este avanzaba lentamente y seguro de su ventaja, cerrando el paso de ella, quien buscaba en los muros una salida sabiendo de antemano que no existía. Sus ojos encontraron los del chico estampado en el muro por el terror, pidiendo su ayuda. El pequeño infeliz, temblando, obtuvo de su desgastado zapato su único seguro de vida. Una hoja de metal pobremente pulida que apenas si atinaba a empuñar. Avanzó un par de pasos a pesar del temblor de sus piernas. Pero la mala fortuna sólo había empezado en aquella oscura noche, y aquel demonio percibió los movimientos del niño. Su mano alcanzó entonces el hierro que brillaba en su cinto, y con frialdad sólo comparable con el clima de aquella maldita ciudad, apuntó y descargó tres certeros impactos que resonaron en el callejón y en todo el vecindario.
La inútil hoja de metal dejó al caer, su sonido en los oídos de ella. Apenas si alcanzaba a ver el cuerpo del pequeño en el suelo y el terror se apoderó de su ser. Parecía estar en un sueño, en una pesadilla, la peor de todas.
De vuelta en aquel callejón diez años después sólo pudo sentir pena por los chicos que la acompañaban esa noche. No sólo por aquel que intentó torpemente ayudarla sino por el que acertó a huir. Si bien la mala
suerte del primero terminó aquella noche, la del segundo no habría de ser
mejor. Empezaba a llover y sus escasas ropas más que cubrirla suponían ahora
una incomodidad. El callejón lucía ahora otros turbios colores y anuncios
publicitarios, mas la oscuridad era la misma. Las ratas aún abundaban en él y
estos eran los personajes más benévolos, incluso más que ella misma. Diez años
cambian muchas cosas. Los odiosos roedores huyeron cobardes al acercarse ella a
uno de los rincones con la intensión de leer el grafiti que conmemoraba la
caída del pequeño desdichado. Leonard. Al menos era el nombre con que le había conocido sin saber su nombre de pila, ya que todos usaban su nombre adoptado. No importaba finalmente; el nombre que adoptas es tu nombre real y no aquel que te ha sido impuesto. Sólo recordar sus ojos claros aterrados ante aquel ser maligno hacía rodar un par de lágrimas por sus mejillas. Fueron esos bellos ojos lo último que vieron los suyos en una etapa que se cerró forzadamente aquella noche tras el ataque. Deslizó su mano por las letras negras y desgastadas por 10 años de inclemencias del tiempo, comparables a las que había sufrido en sí misma durante esos años. Dejó con su mano un beso sobre el nombre del chico y retomó su camino a casa, dolorida, helada, triste.Tu nombre es el que adoptas. Recordó las críticas de las religiosas cuando mencionaba aquel nombre en el orfanato; críticas causadas no sólo por ser un nombre femenino sino por haber pertenecido a un personaje odiado por ellas. Cuatro años antes de abandonar el orfanato había conocido a la pequeña que fuera su compañía real durante esos años. Tomó su nombre como un homenaje a ella pues fue quien la acogió entonces como amiga, cómplice y confidente. Aquella pequeña la defendería de los niños que la acosaban con sus burlas por ser diferente a ellos. Le enseñaría a dar sus primeros pasos en su precario arreglo personal, pues las monjas las reprimían con la excusa de supuestos castigos divinos. En especial a ella por ser diferente.
La conoció en una mañana de invierno. La nueva interna llegó con sucias ropas que pretendían protegerla del frío. Un viejo abrigo amarillo con collar de peluche, sucio al igual que sus zapatos desgastados por años de caminar sin rumbo fijo. Una falda escocesa agitada por el frío viento invernal y una remera negra que acompañaba perfectamente el atuendo debido a su suciedad. Su cabello rojizo cubría por momentos su blanco rostro en el que resaltaban un par de hermosos ojos azules. Ese primer día llegó al orfanato con todos los temores del mundo pero con esa enorme alegría que brotaba de sus poros y que transmitiría a todas las que llegarían a conocerla. Esa alegría acompañaría a la que pronto sería su nueva amiga durante los dos años que compartieron sus vidas en el orfanato.
La recordaba corriendo por los pasillos haciendo bromas a las demás chicas e incluso a las hurañas monjas. Al principio no supo acerca de su origen. Sabía que había nacido en una familia acomodada, en una especie de cuna de oro. El por qué fue a parar a un orfanato se aclararía unos meses después. Aunque inteligente al máximo, no rendía en sus estudios y aquello se debía a su marcada rebeldía y a su afán de salir de aquel lúgubre lugar lo antes posible. Y habría de lograrlo aunque en un episodio triste que marcaría la vida de las dos.
Muy bueno, buenísimo!! Te deja con ansiedad, esperando el siguiente capítulo.
ResponderEliminarLo espero!!!!!!!!!!
Felicitaciones!!
Mary