X-Rays I
Tenía varios meses de cargar con este padecimiento ocasionado seguramente por el constante uso del teclado, lo cual generó a largo plazo algo llamado coloquialmente “codo de tenista” o Epicondilitis. Ni las terapias de temperatura, ni los analgésicos, ni los masajes, ni la brujería lograron mitigar la molestia.
Acudí al médico, quien una vez más me preguntó cuál era mi actividad primaria, y cuantas horas pasaba en promedio en frente del aparatejo computacional. Después de aclararle el panorama, de contarle de mis molestias y de hacerle ver que ni los Chamanes, ni los monjes del Tíbet lograron aliviar mi dolencia, finalmente llegó él a la conclusión de que debía tomar unas placas radiográficas para investigar la causa de mi padecimiento.
Pedí la cita para el susodicho procedimiento, y por fortuna me la asignaron en una hora favorable según mi horario de trabajo. Acudí a las 9:00 pm a la sala médica en la cual me atendió un apuesto pero antipático Doctor. Después de imprimir en placas fotográficas los diagramas dejados por los isótopos radioactivos acerca del estado de mis pobres y doloridos huesos en varias posiciones y ángulos, me permitió el odioso galeno vestirme e irme a casa. Tres días después habrían de entregarme los resultados de los análisis.
Llegué a mi hogar ese día a las 10:00 pm, agotada después de una ardua jornada laboral, dos horas de ejercitarme en el gimnasio, 15 minutos de carrera para obtener dinero en efectivo para la cita, media hora con el poco querido Doctor, y un viaje en autobús que me llevaría a mi dulce guarida.
Estando en casa, la cosa cambia. Ducha tibia, ropa confortable, té caliente, sándwich de jamón y queso y 2 mg de Valerato de Estradiol hicieron parte de la rutina de descanso en aquella noche. No recuerdo qué pasaban en la tele ya que poco veo la tele, y lo poco que veo, o bien lo olvido, o bien causa en mí el sueño que necesito para mi anhelado descanso nocturno. Me sentía especialmente cansada aquella fría noche y no encontraba la explicación. La rutina de gimnasio había sido normal, el trabajo aunque pesado había sido normal, mi salud a pesar de todo, andaba normal. Lo único anormal había sido la toma de las placas radiográficas de mis pequeños huesos, a lo cual no podría haber atribuido mi estado.
Desperté a eso de las 3 am, cosa que se ha vuelto normal, y después de acudir al cuarto sanitario y de tomar un par de tragos de líquido, decidí volver a los brazos de Morfeo y a la compañía de mis peluches. Entre el dios del sueño y mis pequeños consentidos la noche se hace más llevadera. Durante mi retorno a mi lecho sentí algo diferente en mí. No sabría describirlo, era como si me costara un poco de trabajo caminar. Un poco alarmada, me senté al borde de mi cama esperando que tal vez el inconveniente se debiera al hecho de levantarme súbitamente a esas horas de la noche. Con la escasa luz de la lámpara de noche atiné a mirarme en el espejo de cuerpo completo que uso en las mañanas para revisar mi presentación personal.
La miopía, la penumbra, el estado de cansancio fueron factores que me impidieron ver con claridad. Sólo sabía me sentía diferente, rara, extraña. Llevé mis manos a mi rostro, no tenía fiebre a mi parecer. El dolor en mi brazo, constante y por momentos casi insoportable. Sentí la piel de mis brazos un poco húmeda y diferente, con una textura similar a la de mis caricaturescos compañeros nocturnos. Sentía los ojos hinchados como cuando se ha llorado demasiado, la cabeza un poco pesada al igual que las piernas y un dolor en el busto más fuerte que aquel que provoca mi querido amigo el Estradiol.
“Demonios, creo que amaneceré con Gripe.”
Descartando mantas y dejando solamente una delgada sábana buscando algo de frescura, me recosté de nuevo intentando dormir un poco. Las 6 horas am se acercaban y con ellas el deber, el trabajo, la congestión, las facturas, las maravillas de la vida moderna.
El odioso despertador cumplió con su obligación: 6:00 am. Sentía a pesar de lo corto de mi descanso, que había dormido bastante bien. Peluches a un lado, sábana para el otro, y aquí vamos. Me incorporé lentamente recordando mi malestar de la noche anterior. ¿Se hizo efectiva la gripe? Curiosamente los síntomas habían desaparecido a excepción de la extraña sensación al intentar caminar. Se sentía como si mi cuerpo simplemente necesitara acomodarse de una manera distinta para hacerlo. ¿Tal vez algo de contracción muscular provocada por el ejercicio en el gimnasio? Volví la mirada hacia el espejo del cuarto y la luz del amanecer me permitió ver un poco mejor. Culpé de nuevo a mi miopía. Una figura delgada, de hombros pequeños y brazos finos, de cuello frágil y larga cabellera era la que devolvía el cristal.
Como pude, llegué al cuarto de baño y lavé presurosa mi rostro. Levanté la mirada hacia el cristal y el poco letargo que aún quedaba en mí, se esfumó al ver la imagen en el espejo.
Quedé congelada.
Las facciones de mi rostro habían cambiado por completo. Dos años de tratamiento hormonal con sus altos y bajos, no habían logrado ni una pequeña parte de lo que veía en ese momento. Una barbilla delgada y curvilínea perfilaba un rostro en el que los pómulos sobresalientes y las cejas elevadas no dejaban duda acerca de mi género. Unos grandes ojos y unos gruesos labios completaban el cuadro, enmarcado por una larga y despeinada cabellera de color castaño oscuro. ¡Dios mío! ¿Qué había pasado?
Mi cuello estilizado se unía a unos hombros delgados que hacían juego con unos brazos finos que a su vez terminaban en unas manos de dedos y uñas largos. El busto aumentado a casi el doble de su tamaño anterior a aquella noche conjugaba perfectamente con unas caderas amplias y junto con ellas, conformaban la razón por la cual mis movimientos al caminar se veían ahora afectados: el balance y el centro de gravedad de mi cuerpo habían cambiado por completo con aquellas nuevas proporciones. Retrocedí perpleja.
La pregunta surgió de inmediato. ¿Qué había pasado a nivel genital? Si bien la CRS no formaba parte de las metas en mi proceso de transición, acariciaba la idea como un imaginario que sabes que no alcanzarás. En medio de semejante locura vivida en aquella mañana no acertaba siquiera a imaginar qué hubiera sucedido en ese plano.
Descubrirlo fue como sentir un montón de frías agujas en todo el cuerpo. La luz de mis ojos se apagó por un momento dando paso a mil pequeñas estrellas de colores, y no percibía sonido alguno en medio de aquel shock. Los genitales habían sido modificados como en aquel imaginario inalcanzable. Una suave y pequeña área cubierta por un corto vello púbico conformaba la entrada de una suave vagina rodeada por delicados y oscuros labios. Fue más de lo que pude soportar, y me desvanecí en el piso del cuarto de baño.

Hazmela buena!!!! Ojala sea asi!!! ;)
ResponderEliminarMuy lindo tu relato
ResponderEliminarGenial!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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