X-Rays II, once again

… fue más de lo que pude soportar, y me desvanecí en el piso del cuarto de baño.
Volví en mí, sintiendo mi piel aún húmeda y fría a causa de semejante episodio. Traté en vano de racionalizar lo que estaba viviendo sin encontrar una razón lógica para ello. ¿Cómo había sucedido todo esto? ¡No tenía sentido! Me aparté del cristal unos pasos, y me dediqué por unos minutos a contemplar y reconocer ese nuevo cuerpo.
Mi piel estaba más tersa que de costumbre, con la textura del terciopelo. Se sentía un poco más delgada, como si hubiera perdido densidad. De aquellos abundantes capilares de primate que ostentaba un par de años atrás, quedaba un escaso manto de suave y casi invisible vellosidad. El color de la piel era ahora parejo, con un suave tono canela que me recordó como era mi piel en mi niñez. ¡Rayos! Si hubiera hecho algo al respecto de mi Disforia en aquel entonces, no tendría que haber pasado por toda una vida en el Rol de género equivocado. En fin, nada que hacer. Al parecer la providencia me daba una nueva oportunidad.
Un poco recuperada del episodio y convenciéndome a mí misma de que los milagros existen, me pregunté qué debía hacer entonces. Era mitad de la semana, y si bien mi cuerpo y mi rostro habían cambiado según mi sueño dorado, mi vida y mi cotidianeidad dependían aún del Rol masculino. Tenía compromisos de trabajo, clases en la academia, trámites en el banco, reuniones con mis colegas. Toda una vida que giraba en torno a ese personaje que ocultaba mi verdadera identidad. ¡Dios! ¿Qué haría ahora?
Ni modo, debía hacer mis cosas. ¿Pues qué iba a hacer? ¿Ocultarme por el resto de mi vida acaso? Entré presurosa a la ducha, y mi nuevo cuerpo recibió un baño por primera vez. Su aroma había cambiado y se mezclaba perfectamente con aquellos otros presentes al iniciar esta nueva etapa de mi vida. Al iniciar realmente, mi vida. Me costó un poco de trabajo salir de la ducha y romper ese encantamiento que me provocaba ahora verme, sentirme, percibirme como mujer en toda la extensión de la palabra. Sentir mi larga cabellera mojada en mi espalda, sentir el agua tibia rodar por mis senos y mis caderas, explorar mis recién asignados genitales, me tuvo extasiada por largos minutos.
Los hábitos. Ya que el “día a día” aún estaba enmarcado en el rol contrario, mis hábitos y rituales diarios estaban hasta ese momento, construidos de acuerdo con lo masculino. Bien me lo había dicho aquella viejita, mi psiquiatra. “Tienes problemas para asumir tu identidad pues nunca estás en tu Rol verdadero”. Sabias palabras a las que no di atención en su momento. ¡Perdón Doc, tenía razón! Ahora me enfrentaba desde que ponía un pié fuera de la ducha, a asumir comportamientos y hábitos femeninos que si bien no desconocía, su práctica era por demás escasa.
Bien, enfrentemos la cosa. Si bien mi sueño dorado estuvo siempre enmarcado por una bonita lencería, medias veladas, delicados pantis y un largo etcétera, la ropa interior masculina resultaba cómoda estando obviamente, en el rol masculino. Ahora que mi cuerpo contaba con justas, precisas (y abandonando falsas modestias) bonitas proporciones, ¿qué debía hacer? ¿Seguir usando los bóxers que me imponía la vestimenta masculina y que tanto había empezado a odiar? ¿O aventurarme a utilizar mi querida ropa interior femenina aunque fuera a presentarme como chico en mi trabajo?
Nada que hacer. Aquella ropa que resaltaba indeseadas formas masculinas y que exageraba volúmenes no sé con qué propósito, ya no era aplicable, simplemente no cuadraba. De manera que elegí el mejor juego de ropa interior, el más fino, el más femenino. Observé extasiada cómo aquella delicada ropa cubría poco a poco ahora mi renovado cuerpo. Sus curvas eran acariciadas y cubiertas ahora de manera precisa por aquellas prendas, como si hubieran sido hechas a la medida por el mejor diseñador. La parte superior sostenía ahora de manera perfecta un busto abundante y firme que agradeció el gesto, y observé maravillada el conjunto en el espejo. Era simplemente un sueño hecho realidad. El más hermoso sueño.
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