Mama mía!

Madre sólo hay una señor, y justo vino a tocarme a mí!

Bueno, es una frase de mi querido Facundo Cabral. Y puede reflejar o bien la fascinación por ese ser amado, o el reclamo por sus acciones.

A la mía la adoro y ella a mí. El problema es que ella adora a su “niño”. No importa cuántos abriles tenga a mi haber, para ella siempre seré su niño mimado. Siendo “el mayor” de cinco hijos y proviniendo de una rama paterna diferente a la de mis hermanos, además de tener una relación muy afectuosa y cercana con ella, continuamente provoco celos entre mis hermanos por sus atenciones y su trato en general hacia mí. Alguna vez me ilusioné con el pensamiento de que ella “sabía” en el fondo que algo pasaba conmigo, y por esta razón me trataba de manera especial. Creo que estaba equivocada.

A nivel familiar es el hecho de contar con ella, el reto más grande en lo que tiene que ver con mi transición. Ese es el gran tema, aquello que muchas veces veo como algo lejano, irrealizable, casi un sueño. Es curioso, ella celebra pequeñas cosas que ve en mí, como el hecho de cuidar mucho la piel, el cabello, la figura. Sabe que estoy en tratamiento de depilación laser y en sesiones de Carboxiterapia para afinar un poco la figura. Ella celebra estas cosas siempre y cuando estén en el límite de lo “masculino”. Cuando ve alguna pequeña cosa que ya no le parece de esta manera, se le enciende la alarma y allí es cuando en realidad me da una medida de lo que puedo esperar.

Estoy quedándome en su casa pues tuve que entregar el departamento que tenía yo alquilado, y mientras ubico uno que me agrade ( que no está fácil ) estaré disfrutando de su compañía y la de dos de mis hermanos: un hermano y una hermana, la menor. Esta etapa temporal tiene sus ventajas, como la de disfrutar en familia y sentirme acompañada. Tiene desventajas como la de retroceder en la especie de “Half time” que ya llevaba viviendo sola. También el hecho de tener todo el cuidado del mundo con la medicación, y algo importante, ocultar los “atributos” que me ha dejado un año de hormonación. En fin, ayer en la noche llegué como todas las noches, con mi disfraz de chico. Sólo que salí a comer con mi novia y me dio por usar unos lentes de contacto cosméticos, de color gris. Lo vi tan trivial que los conservé llegando a casa y no le di importancia. Pero ella sí.

Creo que ha visto tantas pequeñas actitudes, detalles y cosas que ya se da cuenta de que mi actitud no es muy masculina que digamos. No le agradó ni poquito. Vuelvo y corroboro que ella celebra mis pequeñas cosas mientras las vea dentro de un contexto masculino. Me pregunto, si con algo tan tonto como lo de ayer se molesta y argumenta que ya estoy “pasando la raya”, ¿cómo será descubrir ante ella que presento una cosa rarísima llamada “Disforia de género”?

Una amiga me prevenía acerca de que el alejamiento de la familia será algo inevitable. Lo sé y me aterra. Ellos son mi vida, mi núcleo. ¿Qué va a pasar cuando inevitablemente se enteren de lo que me pasa?

Tá difícil la cosa, dada la temperatura que mido con estas pequeñas respuestas.

¡Madre sólo hay una, señor!

Angie.

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