Butterfly
Cansada de esperar, de pensar, de sentir, de existir. De ver a mi familia sin que me vieran en realidad. De no saber, de llorar por no tener más a mi pareja en mi vida. De amanecer sola y de estar en el mismo lugar. De la tristeza y de la seguridad de nada.
Un buen día decidí… morir.
Al internarme en mi sueño fui abriendo lentamente mis alas. Nunca las desplegué en vida y pensé, que quizás estuvo bien. Tal vez se hubiesen quemado al hacerlo y ¿de qué habría servido? La oruga nunca se transformó en mariposa. Las pocas veces que intenté abrir aquellas incipientes alas me llevé grandes y tristes sorpresas. Y lucirlas con timidez ante ella, mi pareja, si bien me trajo momentáneas alegrías, me trae ahora una profunda depresión. No por haberlo hecho, sino por no hacerlo más. Por no tener el coraje de tomar decisiones importantes a tiempo. Por esperar a que otros decidieran por mí y dejar que ella se fuera.
Aquellas brillantes alas se veían hermosas, con miles de colores. Nunca las desplegué en vida y pensé, que quizás estuvo mal. Tal vez a alguien hubiesen gustado. Ahora ellas no me llevan hacia arriba como esperaba, sino en vuelo horizontal a lo largo de eventos pasados.
Vi a un niño triste, de pocas sonrisas, que evitaba al máximo ser captado en imágenes. Un niño que adoraba a su madre y temía a su padre. Un niño de quien se esperaba fuera el hombre, el ejemplo a seguir. Un niño que presentía estar loco por gustar de las cosas de chica y por fantasear con ser, no una niña, sino una mujer, adulta, hermosa. Si bien un niño triste, alegre en su intimidad en la cual era muy consciente de su cuerpo y de sus deseos. Y de su más grande deseo: que ese cuerpo fuese el de aquella mujer. Sus juegos, normales para un niño, lo presentaban como a un niño normal. Mas sus juegos iban más allá en su mente, iban más allá en su habitación. Iban hacia quién sabe dónde, pues no sabía qué o quién era.
Vi a aquel niño transformarse en un joven retraído, estudioso y deportista; mas un joven sin motivaciones propias. Sus motivos corrían a la par del devenir diario, de lo esperado por su familia y por sus mentores. Y aquella mujer permanecía en medio de sus pocas motivaciones, como su único sueño en vigilia. Aquella mujer se le presentaba en sus noches, se hacía evidente en su piel y sus movimientos y en su despertar sexual. Se presentaba intentando esconder aquella anatomía impropia de ella y luchando, sin éxito, por lograr esa imagen deseada.
Testaruda como ha de ser la mujer, ella se adueñó de su intimidad con ritos, con vestuarios y colores tomados prestados. Se adueñó de su soledad la que no fue nunca una carga, más bien un refugio. En aquel espacio solitario entraban los dos en comunión al materializarse ella, al dejar el mundo etéreo. Y se tornó más fuerte. Dichosa mujer se dedicó a observar a otras y a aprender de ellas todo, aunque lo aprendido sólo estuviera en sus rituales. Mas la dicha era corta y a regañadientes, altiva como es ella, debía muy a su pesar tornarse etérea de nuevo. Quedaba aquel chico en medio de un gran vacío, acompañado por la culpa, y por los motivos ajenos nuevamente.
Las cosas de chico, debía vivirlas, pues era en teoría un chico. Y así habría de hacerlo. Novias, amigos de los buenos y de los malos. Hábitos de los buenos y de los malos. ¿Resignación? ¿Negación? Tal vez. Malos hábitos de nuevo incluyendo líquidos, vapores y contactos. Época interesante a pesar de lo riesgosa. Vi a aquel muchacho salir de ese círculo por fortuna y convertirse en un adulto, ya consciente de sus obligaciones aunque no de su verdad. Esta sólo la conocía ella.
A los 21 años, un poco tarde, y aunque la naturaleza de ella no se expresó entonces, y no lo haría durante muchos años en ese plano, el contacto físico se presentaría como algo novedoso y afortunado para él. Para ella, tal vez fuera un revés, algo que extendería su espera. Veo durante mi vuelo este tema como un cuestionamiento. ¿Cómo empatar una vida sexual masculina activa aunque delicada en sus maneras, con un deseo irreprimible y cada vez más fuerte por ser esa mujer? ¿Acaso no era lo que pensaba que era? ¿Acaso lo hice por las razones equivocadas? En los últimos meses de mi vida ese aspecto cambió sustancialmente tornándose aquella sexualidad en algo más interesante, más íntimo, hermoso y satisfactorio. ¿Cómo pude haber disfrutado de estos dos lados de la moneda? No lo sé, sólo pasó.
Adultez, madurez, responsabilidad aumentada por el fruto inesperado aunque hermoso de una de aquellas relaciones: es una niña. El llamado de lo correcto y de lo esperado como hombre supone una nueva traba para aquella mujer. Aunque ya como adulta, que siempre lo fue, cuenta con sus propias cosas. La independencia de hábitat y de dinero llegó como un nuevo aire. Era libre de expresarse cada vez que lo quisiera, era dueña de su espacio y de sus propias cosas. Dejó madre y hermanos, mas se encontró a sí misma.
El gusto por las relaciones de pareja sin presentar su verdadero ser, suponía un conflicto. Ella, celosa de su espacio. Él, confundido y en busca de una eventual vida normal, nunca tuvo éxito. Ella siempre se impuso.
¿A dónde ir? Si este joven ya adulto, no lograba encajar en una vida normal aunque a los ojos de los demás así lo fuera. Para los demás aquel hombre era lo que se esperaba de un hombre. Trabajo, carrera, chicas, gusto por el buen vivir, buenas relaciones. ¿Ella? Una mujer tímida que gusta de lo sensual, de lo actual, de la moda, de verse bonita. ¿Cómo empatar estas dos cosas? ¿Qué era? ¿Hombre o mujer? ¿Algo en el medio? ¿Ninguna de las dos cosas? ¿Hacia dónde? ¿Buscaría ayuda?
Busqué. Nada perdía aunque me aterraba. La ayuda llegó, como cómplice de mi condición y se convirtió en una tabla de salvación. ¿Cómo explicarle a otro ser humano que no sabía en realidad lo que yo era? ¿Dónde clasificarme a mí misma en el abanico de posibilidades creadas por las mismas personas que lo conforman? Y no lo logré. Morí sin saber si era una persona transexual, o transgénero, o un hombre con un problema, o una mujer con un defecto. Solamente, me gustaba llamarme Mujer.
Ahora muerta, que suelto esa tabla y despliego mis alas, recuerdo a aquella mujer de la infancia, que estuvo en mi juventud, que se materializó en mi adultez. Y veo a esa mujer en mi rostro, y pujando por crecer en mi cuerpo. Veo sus ropas y aspiro su aroma, escucho su voz y siento su piel.
Y me doy cuenta de que lo soy, de que soy aquella mujer, y que por ella, un buen día que es hoy, decido vivir.
Recuerdo que nunca antes desplegué mis alas. Mi nombre es Angie y pienso, que tal vez debiera hacerlo. Tal vez a alguien le gusten. Están un poco gastadas por el tiempo y han perdido algo de sus brillantes colores…
…mas aún funcionan.
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